En la orilla

Nunca dejaste de ver el color del silencio, ni de saborear el tono amargo de la soledad. Por eso estamos aquí juntos, gracias a los rayos del sol que se fugan por la ventana. Nacimos juntos por omisión del destino, pero no hay que culpar ninguna fuerza divina pues, gracias a ello podemos sentir el tiempo. Eres intocable, eso te hace ser agradable. Cuando pasamos mucho tiempo a solas el contacto se vuelve incómodo. La gente tiene olores peculiares, hay unos que huelen a esa primer ráfaga odora que expira la bolsa de pasitas cuando apenas se abre, otros huelen a licor, pero tú almacenas el olor del tiempo que al tener todos los olores percibidos antes no se te impregna ninguno peculiar.

Eres rebelde en tu naturaleza, pues no obedeces más que una sola ley, la ley de tu engendro, que nos hace inseparables, pero pierdes contraste en ocasiones. Tus manos delgadas son una caricia para toda superficie en que te proyectas, y tus proyecciones presentan cierto dinamismo que ilusionan al principio. Pareces plano, pero te impregnas en el volumen de las cosas en mi camino. Todo el tiempo que quiero mirar atrás, ahí estás, y no hay nada que decirte pues tus orejas son las mías momentos antes.  ¿Fuiste tú quién robó mi esencia? ¿Fue tu boca invisible la que me besó y dejó un punto negro en mi médula espinal?

Los primeros años me caías bien, pero más adelante siempre quise esconderte. Me recordaste siempre las desgracias, los dolores, las faltas y ausencias, las codicias y los oscuros de repentes. Te miré fijamente cuando Mateo murió, mis lágrimas mojaron el suelo, las tuyas ni siquiera aparecieron. Busqué tu sangre, pero resultó en un lamento propio. Mis gritos de dolor solo fueron repetidos por tu primo Eco, quien también desliza por el tiempo.  He decidido terminar nuestra relación. Quiero pisar ladrillos sin verte. Quiero probar la vida sin tenerte. Quiero ser como el sol que estático ilumina y calienta. Pero tu a tu paso solo deprimes.

Me acompañaste a buscar tu verdugo, un sabio anciano que a ojos del vehemente es un pobre demente. Todo el trayecto te posaste erguida, orgullosa. Todo el camino apareciste engreída, asombrosa. Cada segundo presente, y mi mente no dejó de prestarte atención. Mis mejillas tensas, pues siempre supe que sabías que me desharía de ti en cualquier momento. Tu verdugo edificó un círculo de velas, en ese momento te multiplicaste. Me pidió una hoja de papel y una pluma, ahí anotó las coordenadas del abismo donde debía depositarte. Según el verdugo había caído una estrella antes de que llegara el humano a la Tierra, con el tiempo llegó la decadencia, y con la decadencia el brillo cesó, la estrella quedó incrustada en un arenal como un hoyo negro. Y en ese hoyo negro desaparecerías.

Gasté mis ahorros en el trayecto, transporte, comida y cigarros. Entre humo, migajas y emisiones de CO2, veía una extraña sonrisa en tu difusa cara. Como si hubieras sabido que no te quería más. Vaya ironía la que me colocó debajo de ti, donde siempre estuviste, simplemente por el hecho de que también querías desprenderte de mi. Cuando llegamos al hoyo negro nos paramos juntos en la orilla del precipicio. Te volteé a ver una vez más, antes de dejarte ir. Te fuiste sin voltear atrás.

Regresé a mi realidad, y era verdad que ya no estabas más. Tomaba café y el aroma era simplemente el del café. Mis pasos entre el sillón y la cocina, simples pasos. Me libre de ti, pero mi agonía perduró. La voz del viejo sabio regresó en forma de recuerdo. El había hablado de los hombres sin sombra. “El hombre sin sombra tiende a convertirse lentamente en sombra.” Miré mis manos, lentamente desvaneciendo. Si me convertía en sombra, ¿Cuál era la superficie que me proyectaba? ¿Las sombras tienen vida propia? ¿Estoy muriendo?.

El hombre pensante viene con la duda en sí, y todo hombre dudoso es propenso a la agonía cuando la armonía se pierde. Y por alguna extraña razón, entre tú y yo siempre hubo armonía. Entre el blanco de mi espíritu y tu negro sombrío se almacenaban los demás colores. Al dejar de ver hacia atrás perdí la voluntad del espíritu y me volví un ser monocromático, negro. Empecé a succionar todo lo que me rodeaba, y eso era abrumante.

Decidí recuperarte antes de convertirme en una sombra por completo. Aún sentía mis labios, y mi mirada siempre fue una sombra.

Ahí estaba otra vez, en la orilla donde vi tu espalda por última vez. Recordar se sentía extraño. Miré hacia abajo aun fondo infinito. Y sin dudar en mi último suspiro me aventé por ti. Lo único que encontré fue nada, y al verme era nada otra vez, como fui antes de ser.

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