De donde somos.

Alguna vez nació un ángel entre cortinas de oro y sueños difusos. La magia del mismo nacimiento es el único evento interesante en este evento, pues ver crecer algo que se planteó en plena armonía ha tenido un extraño devenir al caos. Es del tipo de ángeles que posan por años con alas doradas erguidas en la espalda, pero se mantiene lejos de ser un ángel que intercede en lutos de una pésima civilización. Ese ángel que se para sobre muchos que caminan en el Paseo de la Reforma, pero muestra su mollera a todos los clérigos bancarios que hacen cuentas en una computadora en el piso treinta y seis.

Hay una obsesión por definirse entre seres alados, no es casualidad que el primer símbolo de identidad se centrara en el mito de un águila devorando una serpiente posada en un nopal. Pero hace ya mucho tiempo que no se observan águilas o serpientes en el centro del Valle de México. Entre cimientos acuíferos, bailes de conquista y mestizaje, el levantamiento de edificaciones que poco a poco alcanzaron a rascar las nubes grises que lloran los excesos demográficos, y la búsqueda del entorno apacible, hemos erigido una realidad llena de melodías que no habrían encontrado Stravinsky o M.Ponce en el caminar de una comunidad.

Provenimos de un meteorito de grava, con graves rugidos que emiten los camiones, desde pueblos antiguos con germinaciones heterogéneas. Somos desde un margen que dejó inundar sus límites. Somos el desvío de las líneas que se trazan en libretas que terminan creando asteriscos entrelazados en curvas y fractales. Somos hasta que encontremos las alas que buscamos. Somos causa y efecto de bienes y males. Somos pasado y presente buscando un futuro que se esconde entre titulares de periódicos impresos y portales digitales. Somos párrafos en números romanos. Somos esencias envueltas en cuerpo y nombre. Somos el espíritu aguerrido que se pierde entre calles e intersecciones pero se libera al escuchar el respiro de la cumbre de nuestros árboles. Somos una plaga demente. Somos libertad en potencia. Somos la ausencia del orden, por el mismo hecho de que cada quien pretende ordenar a su manera. Somos eco sin voces o voces sin eco. Somos el hombre-cemento. Somos la sombra que quiso tocar el cielo pero escondió las estrellas de la noche. Somos ubicuos de carácter perdido. Somos todos aquí ángeles caídos con ganas de volar.

¿A dónde vamos?

Nadie sabe.

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